
Agilino, Anilina y Emilia...
Bien, bien juntitos...
La tierra
Desgarrada por el rayo,
Quemada por el fuego,
Ahogada por el agua,
Sacudida por el viento.
No puede por ello reñir con el cielo
Pues rayo, lluvia y viento de la tierra salen...
Desgarrado por amor el hombre
Quemado por furias internas,
Ahogado en desesperación,
Sacudido por la lujuria.
No puede por ello reñir con el cielo
Pues amor, furia y lujuria del mismo hombre salen...
Entonces, hombre, paciencia
Se disiparán esas nubes.
La vida es una cumbre
Que expulsa a latigazos la pena.
Sabiduría soporta lo que la carne no puede expulsar.
El humilde plomo, el descalzo se esfuerza.
Y si no, hombre, abandónate; vuélvete al cielo:
Sus llamas iluminan la natura,
Sin quemarte nunca a ti.
Greville “los dos sonetos de Caélica”

Esa Silla
Deseaba contemplarla
Poder descansar en ella
Sólo un rato
Quizá un instante
Sus anchas piernas
Rozaban sobre las mías
Como pidiendo ayuda
Un poco de calma
Su sonrisa desarmada
Sus manos gastadas por el pasar del tiempo
Sus cabellos aún oscuros
Sus labios secos
Deseaba serenarse
Dormitarse
No podía pensar
Decía lo primero que venia a su mente
Apoyó su peso por doquier
Los dedos de sus manos
Como anclados
Sobre aquel mueblecito negro
Todas las puertas que él abrió
En busca de ella
Ya no se encuentran aquí
Ni tampoco esa pequeña silla de paja añeja...
ZAPATOS
Sus zapatos disipados en el espacio
Tal vez cansados por el andar
Caminos, sin hallar ningún atajo
Quiere parar, detenerse
Transformar el lugar en un olimpo
Que le irrite el cantar de los pájaros
El áspero pasto crecido
Que el sol ciegue sus ojos
Y el mar sus oídos
Que sustancial sea la calma
Y el olvido…
Su camisa transpirada
Reposada en una silla,
Quizás para mañana…
Sus manos fastidiadas
De la labor cotidiana,
Invierten el instante.
Su legado era aquel
El del hombre diario
Al que su espasmo
Despierta por las noches